MaF 2024. Sesión continua. Exposición literaria colectiva

Un año más, La Libre se suma al MaF con Sesión continua, una exposición literaria colectiva que reflexiona sobre el trato que le damos a nuestros mayores en esta sociedad marcada por la urgencia y la pérdida de valores. 

Los alumnos de nuestros talleres de escritura se han reunido con ellos para pedirles que les cuenten algún episodio de su vida que haya transcurrido en el cine, o tenga relación con él. De esas charlas han nacido los relatos de esta muestra, que persigue fomentar la comprensión y el respeto, reforzar vínculos, y reducir la barrera generacional. 

Las fotos que acompañan a los textos, son las de sus protagonistas. Esa generación de la que tenemos tanto que aprender.

La exposición, que tendrá lugar en la sede de La Libre, se inaugura el jueves, 8 de febrero, a las 19:00h., y permanecerá abierta al público hasta el día 29.

Deseamos de corazón que disfrutéis de estas historias. Están llenas de cariño.

Porqué la libre

Banda sonora de la exposición. Pulsa aquí si quieres escucharla mientras disfrutas de la lectura.

Asignatura pendiente

Una tarde de mayo de finales de los años 70, mi marido y yo decidimos ir al cine.

Como sabéis, aquella década estuvo marcada por el destape, que atraía una gran afluencia de público a las salas. Franco había muerto en el 75, y el país quería salir de la dictadura atroz a la que lo había sometido. Ansiábamos ser libres, y los colectivos más censurados deseaban luchar por sus derechos.

Fuimos a ver Asignatura pendiente, el primer film de Garci, en el teatro Cervantes, que por aquellos años, y antes de que lo reformaran, era también un cine.

La película no era gran cosa. José Sacristán nunca me gustó. Y de galán, menos todavía. Pero bastaba con la magia de la sala oscura, la gran pantalla, el sonido envolvente y la gente. Todos mirando hacia el mismo lugar y sintiendo cosas distintas.

Al final de la película comencé a sentirme extraña. Con molestias en el vientre que se iban haciendo más intensas y frecuentes. No le dije nada a mi marido hasta que salimos de la sala. Serían las nueve o las diez de la noche.

Recogimos varias cosas en casa y nos fuimos al hospital Carlos Haya. Después de examinarme me llevaron a la habitación. En menos de una hora había pasado de la sala de cine a la del hospital. A mi marido no le dejaron quedarse conmigo, y por entonces los teléfonos móviles no existían. Así que allí estaba yo, sola, escuchando sin querer las quejas de dolor de las demás mujeres de la planta.

Al día siguiente nació mi hijo.

Mercedes Barco

Canción de juventud

Más bonita que ninguna. Dicen todos al mirarme… La canción resuena en todo el salón.

¡Qué maja es esta chica! —me dice la Sra. Isabel sin levantar la vista. Teje una de las bufandas que recibíamos con amor pero no nos poníamos porque picaban mucho.

Sí, mamá. Muy guapa —no estoy atenta a la película. Solo acompaño a mi señora madre mientras selecciono libros para llevarme a casa.

No. Digo que es maja y buena persona. Cuando yo servía en Cuatro Caminos ella vivía allí. Era dos años mayor que yo y nos hicimos amigas. Salíamos a pasear. Luego se hizo famosa y se mudó a una zona mejor. Ya no volvimos a vernos.

Pienso si será cierto. No tengo por qué dudarlo. Los datos son reales, pero nunca me lo había contado. Supongo que su generación no daba tanta importancia a codearse con famosos. Estaban más preocupados por sobrevivir. No había móviles, ni selfies que subir a las redes sociales para orgullo de tus followers y envidia de tus haters. La historia solo está en su memoria. Sin documento gráfico que la avale.

Si aquel día no hubiera ido a su casa a recoger los libros, no me habría enterado, y se hubiera ido con ella cuando su mente se desvaneció por la cruel enfermedad que le borró los recuerdos y fue desenseñándole sus funciones vitales.

Ahora que, a mi relativa juventud, sé que mi álbum mental también se perderá, soy consciente de que nada plasma mi vida como el cine. Yo también olvidaré que, en Navidad, el generalísimo, en su infinita generosidad, emplazaba a los hijos de funcionarios en un cine, y, tras la película, nos regalaban juguetes. Que la primera vez que fui por elección propia fue en familia. Vimos Star Wars. Que en Dirty Dancing yo, con la columna de hormigón armado y dos pies izquierdos, me enamoré de aquel hombre que bailaba tan bien. Olvidaré que, cuando el protagonista de Nacido el cuatro de julio se partió la espalda, me mareé. Todos pensaron que era aprensiva, aunque en realidad se debió al resacón. Y que la primera película que vi en Málaga era de miedo, y fui con el hombre del que sigo enamorada. No recordaré que, tiempo después, me dijo te quiero muy cinematográficamente en un pasillo del cine Albéniz, tras ver Frankie & Johnny. Nunca tendré que olvidar una amistad fugaz con alguna celebridad, pero sí que, en la estación de Santa Justa, mantuve una conversación con un director de cine sobre estanterías altas y estaturas bajas, y que en Londres, me crucé con uno de mis actores favoritos montando en bicicleta. Bajo sus vaqueros, se adivinaba uno de los mejores culos del mundo.

Paqui Espínolas

Dernier ètè à Tanger

Aunque hace casi cuatro décadas de aquello, lo recuerdo como si fuera ayer.

Cuando nos convocaron en la sala de profesores del colegio Ramón y Cajal de Tánger aquella mañana de 1987, nos sentimos expectantes e ilusionados. Yo tenía 36 años, y acababa de aterrizar en la ciudad. Buscaban extras para una película francesa: Dernier ètè à Tanger. Una de espías ambientada en los años 50. Necesitaban hombres con buena apariencia y de diversas edades para grabar la escena de una noche en el casino.

A Tánger la llamaban la perla del norte, una ciudad cosmopolita. Habilitaron el Gran Teatro Cervantes para acoger tan especial evento. Inaugurado en 1913, el edificio era una joya arquitectónica. En sus años de esplendor, había acogido a importantes artistas españoles, que hacían las delicias de los que tenían la fortuna de poder ir a verles.

El día de grabación, los cinco maestros seleccionados pasamos por maquillaje y peluquería. Antonio, el director, era extremeño. Bajito, canoso, resolutivo y avispado. Manolo, el jefe de estudios, procedía de Úbeda, y era muy alto, con el pelo rizado y la mirada fija y penetrante. Cristóbal, un sevillano con mucho arte, llevaba tantos años en Tánger que parecía autóctono. Después estaba Larbi, un marroquí atractivo y simpático, y un servidor, de La Rioja, que tampoco tenía nada que desmerecer. Ataviados con esmoquin, pajarita, y el pelo engominado, entramos en escena pavoneándonos como los galanes de Hollywood.

¡Acción! Corten —gritó el director—. ¡Ese camarero, por enésima vez, que no mire a cámara! ¡No, miren, a cámara! —insistió—. Casino. Toma 32. ¡Acción!

Una vez más, crucé el vestíbulo saludando al camarero. Por supuesto ambos sin mirar a cámara.

Finalmente, ni tan emocionante, ni tan glamuroso. 80 dirhams, un bocadillo, un zumo y un café. Ese fue el pago por dos días de tedioso trabajo. Una experiencia distinta que no repetiría. El cine no estaba hecho para mí, así que continué siendo el buen maestro vocacional que había soñado ser. En el recuerdo, Blue Moon, cantado por Anna Karina, resonando en mis oídos.

Belén Barroso

Dos ángeles y medio

Lunes, 16 de marzo de 1955

Sigo esperando la llegada de mamá mientras escucho a los niños jugar en el parque de enfrente de casa. Solo recuerdo momentos, sobre todo los más felices. Me encantaba acariciar mi pelo largo y sedoso, aunque no me gustara su color, negro ceniza, que para mí era símbolo de tristeza.

Martes, 17 de marzo de 1955

Un nuevo día. Sigo sin saber nada de mamá. Veo a mi hermana sentada junto a la chimenea. Sé gira un segundo para mirarme, pero no me dirige la palabra. Paso de largo y hago como si nada. A veces me da una jaqueca terrible. Me zumba el oído. Qué extraño. Solo me vienen recuerdos de la niñez. Como el día que fuimos todos al cine a ver Dos ángeles y medio, y me pusieron aquel vestido blanco que me encantaba. Sin embargo, ahora tengo las manos arrugadas y los ojos caídos. ¿Podré viajar en el tiempo?

Miércoles, 18 de marzo de 1955

Alguien susurra mi nombre y me giro pensando estusiasmada que es mamá, pero no la veo. Vuelvo a escuchar aquella voz: aquí, aquí. En la ventana. Me extraña mucho ya que nunca se han atrevido a tocar mi ventana. Tengo un padre sobre protector. Me asomo un poco y veo a un chico muy atractivo. Entonces sé que se llama Bernardo y que es policía, pero no me dice a qué ha venido. De nuevo el dolor de cabeza y esos recuerdos en los que ahora aparece él.

Jueves, 19 de marzo de 1955

Mamá sigue sin aparecer. Le pregunto a mi hermana Mercedes, pero me dice que ella no es Mercedes, que es mi cuidadora, y que mamá murió hace cuarenta años. Mi corazón late agitando mi cuerpo. Siento un golpe en la cabeza y caigo inconsciente. Al despertar escucho voces de hombres a mi alrededor. Un médico me pregunta qué ha pasado. Miro al frente, hacia el espejo, y una lágrima recorre mi mejilla. Esa no soy yo. Le pregunto a uno de los hombres en qué año estamos, y quién es la viejita del espejo. 

—Mamá —responde emocionado—, estamos en 2024.

Valeria M. Salazar R.

El último tango en París

– ¿Ni en el funeral de vuestro amigo os vais a comportar?

La viuda no estaba para guasas. El tanatorio se había ido vaciando, en esa hora en que los conocidos se van recogiendo pero los amigos se quedan, recordando los momentos vividos con el difunto. Estos cinco se criaron en el mismo barrio. Fueron juntos al colegio, y, llegado el momento de buscarse la vida, también se marcharon juntos a trabajar a Francia. Primero en el campo, a la remolacha, después a lo que saliera, y luego en la fábrica, a montar coches. A sus novias, quienes las tenían, las dejaron en el pueblo. Luego volverían con ellas, con la alianza bien ajustada en el dedo, se entiende. De la libertad de los primeros años poco o nada les quedaba. Tan solo las cervezas en el Centro Español la tarde-noche de los viernes. Uno de esos días acabaron en la cola del cine. Habían oído hablar tanto de aquella película que sentían más curiosidad que morbo. Y en España estaba prohibida. No se podía pedir más. Salvador fue el único que se quiso descolgar, recordándoles que la española, cuando se encela, se encela de verdad. Aunque sus convicciones maritales tampoco eran tan fuertes, porque al final se quedó.

Aquellos cinco gallitos nunca reconocerían que los años de catecismo con el padre Rafael les habían hecho pasar vergüenza ajena ante la pantalla, y que solo la oscuridad de la sala había evitado que vieran como se les subían los colores. Pero ahí estaban, camino al hogar conyugal, ebrios de alcohol, henchidos, y orgullosos de su aventura.

En el tanatorio ninguno recordaba de quién había partido la idea. Era un pacto entre caballeros y todos lo cumplirían.

La broma le costó el noviazgo a Eduardo, que a aquellas alturas ya debería haber conocido lo suficiente a la Fina como para saber que no era de esas. Mi tía Sole, la que ahora les recriminaba sus risotadas en la fría sala para dolientes, tampoco se lo tomó mejor, porque cogió la maleta y a su hijo, Carmencita aún no había nacido, y volvió a España durante un mes, el tiempo que Paco tardó en ir a por ella. Por entonces, Ángel era el único soltero, pero ya se encargarían sus amigos de que sus novias estuvieran al tanto, preguntándoles si habían desayunado tostadas o croissants. Salvador nunca tuvo el valor de sacar la mantequilla de la nevera. No después de que sus amigas le contaran la ocurrencia a su mujer, y ella le plantara semejante bofetón al entrar en casa. La única que se lo tomó como una gracia más de su Antonio fue Luci, que nunca dejó claro si se había dejado hacer, o les seguía la corriente con su descaro.

Elizabeth Carrasco

Espartaco

¡Al cine! —mi voz resonó por encima de la algarabía de los niños mientras se acercaban las carrozas de los Reyes—. ¡Al cine! —volví a gritarle a mi padre entusiasmada, y con una firmeza que pocas veces he tenido en la vida.

El cine y la ilusión: la respiración suspendida hasta que todo se hace de noche. Mis ojos muy abiertos observando el viaje relámpago de la luz hacia un universo plagado de estrellas; aquéllas que luego llenaban las revistas posando con glamour, y que contaban historias que después mi madre comentaba con las vecinas.

Estrella también la otra, que guiaba a los Reyes Magos hasta mi casa. En la penumbra del salón, con la boca abierta y la emoción contenida, veía dejar a Melchor mi regalo soñado. Era mi Rey favorito, y juro que lo veía. 

Aquel cinco de enero, como siempre, mi padre me llevó al centro de Santander para ver la cabalgata. La última vez tenía ocho años. Había escuchado frases sueltas, rumores de mis primos mayores que cesaban cuando yo aparecía, o de algunas compañeras de colegio. El caso es que los Reyes empezaban a parecerse a los padres, pero yo me negaba a creerlo. Aquella realidad me dejaba triste y pensativa.

Iba cogida de su mano. Mi padre me observaba de reojo con una sonrisa que adivinaba mi confusión al ir adentrándonos entre la gente. Me cogió en brazos para alzarme hasta sus hombros, pero al encontrarse con mi mirada, me dejó de nuevo en el suelo.

En el Cervantes echan una de romanos. ¿Quieres ver la cabalgata o vamos al cine? 

Y ya no tuve duda.

Lola Gallego

Gilda

El traje que me había hecho la modista me sentaba como un guante. Había quedado con Anita a las cinco. A papá le dije que íbamos a merendar a Gambrinus, pero lo cierto es que había quedado con un chico para ir al cine.

Ya era hora, Esperanza. Vámonos, que no llegas a la sesión de la tarde. Acuérdate de estar de vuelta a las nueve. Si no a mi madre le da un soponcio.

Está bien, pero déjame entrar al baño a pintarme los labios.

¡Pero si estás guapísima! Ese chico se va a quedar embobado.

Eso espero, porque su trabajito le ha costado invitarme a salir.

Fuimos del brazo hasta la calle de la Victoria. Anita reía nerviosa. Parecía que era ella la que tenía la cita con Joaquín. Le dije que era alto y atlético. No demasiado guapo, pero muy interesante. Que le envolvía una tristeza misteriosa y que siempre vestía de negro. Me sentía una heroína intentando romper el hechizo que empañaba sus ojos. Su boca, grande y de labios gruesos, no se prodiga mucho, pero al verme se iluminaba.

El sol de septiembre calentaba el bullicio de la calle. En la plaza de la Merced nos separamos. Ella fue a encontrarse con Rosita y su hermana Julia, y yo me dirigí al Echegaray. Un grupo de acción católica increpaba a los que querían comprar entradas. Me acerqué cautelosa.

¿No te da vergüenza? ¡No serás capaz de entrar a ver esa guarrería de película! —la mujer vestía de negro e iba con dos jóvenes que me agarraron del brazo. ¡Casquivana! ¡Mereces la excomunión!

¡No le pongas la mano encima o te rompo el brazo! —Joaquín apareció de la nada—. Si te vuelvo a ver cerca de ella te parto la cara. ¡Estás advertido!

Abrazados, entramos al cine. Un grupo de fanáticos discutían con la taquillera. No querían que vendiera más entradas, pero la sala estaba a reventar. Todos querían ver a Gilda. Cuando Rita entonó el Put the blame on Mame, el público masculino estalló coreando el mejor strip-tease de la historia. Joaquín deslizó su brazo sobre mis hombros, y acercándose a mi oído susurró, tú eres mucho más guapa ella.

Alicia García-Cabrera Verge

King Kong

En el paseo marítimo, la luz roja del semáforo me detuvo frente a dos inmensos edificios nuevos. Bajó la ventanilla y se asomó para contemplar el horizonte entre las torres. A sus 85 años, mantenía la dicha de vivir, a pesar de la fragilidad de sus piernas. La había llevado al cine para aliviar su soledad, y mis remordimientos por no estar más tiempo a su lado.

¿Estará allí King Kong? —me preguntó señalando el final de las torres mientras el miedo a la sombra del Alzheimer estrujaba mi estómago.

¿Cómo?

¡Ay, hija, no te tomes la vida tan en serio! —contestó entre risas—. Recuerdo cuando el camino era de tierra y cruzábamos para ir a Sacaba Beach. Era un oasis en la ciudad, frente al mar, para descansar en verano. ¿Recuerdas?

Claro, pero vagamente, porque solo tenía cinco o seis años. Sobre todo los baños en el agua caliente de la fábrica de la Térmica, y el cine de verano.

¿Seguirá el gorila por allí? Vamos a llegarnos —no me atreví a decirle que no, y continué hacia la urbanización, deteniéndome frente a la puerta metálica mientras ella miraba hacia las azoteas de los dos bloques, sonriendo—. Recuerdo la noche que proyectaron King Kong sobre el lateral del edificio. Era en blanco y negro. La gente bajó sillas de sus casas y las colocaron en filas. Tú y tu hermana os adelantasteis con los niños, que se sentaron en el suelo. ¡Era tu primera película! En la escena en la que King Kong subía al Empire State, el edificio se proyectó sobre la pared y parecía que estaba agarrado a la azotea. Cuando viste que el inmenso gorila cogía a la protagonista corriste a mis brazos, y escondiste la cara en mi pecho sin dejar de temblar. Desde entonces, cada noche buscabas al animal en la azotea del edificio. Yo te decía que era bueno, que se había enamorado de aquella mujer y que solo la protegía, pero nunca dejaste de buscarlo. Pensabas que los personajes salían de las pantallas. ¿Sabes? Después de tantos años creo que King Kong sigue enamorado de las mujeres que se bañan en las orillas de Málaga.

Respiré profundamente y la abracé.

Inmaculada Trujillo

La fureur du Dragon

No pensaba hablar de mí. De verdad que no.

Annie no había parado de trabajar pese a que, conforme iban pasando las semanas, su peso aumentaba. Meses antes, junto a su novio, decidieron estrenar una nueva vida en el sur de Francia. Documento oficial de emancipación en mano, habían cruzado la frontera meteorológica del país en una vieja caravana gris.

Aceptaron el primer trabajo que les ofrecieron. En un bar de mala muerte de la periferia de Martigues. La pareja fue contratada para servir cafés, vender tabaco y limpiar retretes durante las pausas de los obreros de las fábricas colindantes. Una miseria de sueldo y un porcentaje sobre ventas. Por algo había que empezar.

Con el espíritu emprendedor de la juventud, los enamorados comenzaron a ofrecer, con éxito, bocadillos y todo lo que pudiera serle útil a un obrero olvidadizo.

Un domingo de febrero de 1974, compraron entradas para ver la última de Bruce Lee. Lo que Annie no esperaba era que, a cada golpe y puñetazo de su ídolo, su pequeña respondiera en la misma medida con pataleos que le provocaban arcadas. Animada por tanta acción, la bebé se sentía lista para su gran estreno.

Inspirada estuvo también mi madre al día siguiente, cuando el dueño del local decidió acusarla de robo para ahorrarse el cheque de final de mes. Sin decir palabra Annie volvió a la caravana. Poco después, regresó al bar e hizo una entrada digna de La Fureur du Dragon: embarazada hasta las trancas, y escoltada por su novio y el padrino escopeta de fogueo en mano, cruzaron la sala hasta llegar al infeliz propietario.

¡Cabrón, a estos les pagas lo que les debes! —gritó el padrino, consciente de su nuevo papel en la familia—. Aquí no hay ladrones. Solo tíos cabreados.

Por supuesto, el hombre firmó.

Se despidieron a lo grande, rociando el local con el espeso humo blanco del extintor de emergencia.

Soy fan de las pelis de acción. De verdad que sí.

Sandra Falcone

La ley del silencio

¿Qué haces ahí?

Echarle de comer a las palomas. ¿No lo ves?

¿Cuánto tiempo llevas en este banco?

No lo sé. Salí esta mañana y he perdido la noción del tiempo.

Anda, vamos a casa. Vas a coger frío. Además, tienes que comer y descansar. Es tarde.

No quiero comer ni descansar, y mucho menos ir a casa. Ya nada es igual.

Lo sé, pero debes seguir adelante. Aún te queda tiempo para afrontar la vida. Nunca sabemos lo que nos aguarda.

Han sido tantos años juntos que para mí esa vida de la que hablas ha terminado. Aún recuerdo el día en que nos vimos por primera vez. Fue en la cola del cine. Estrenaban La ley del silencio. Empezamos a charlar y, cuando entramos, apenas vimos la película. Solo teníamos ojos el uno para el otro. Aún en la oscuridad de la sala nos mirábamos.

Sujétate a mi brazo y vámonos. La tarde se está poniendo gris. Esperemos que no llueva antes de llegar a casa.

Te digo que no quiero ir a casa. Se me cae encima. Se ha marchado demasiado pronto. ¡Nos quedaban tantas cosas por hacer! Aún creo que entrará en la habitación en cualquier momento y se acostará a mi lado.

No le des más vueltas. Él no se ha ido. Permanece en tu corazón. El tiempo apaciguará tu sufrimiento.

¿Puedes quedarte conmigo esta noche?

Sí, mamá. Esta noche me quedo contigo.

Francisca Pilar Gómez

Lo que el viento se llevó

Al encender el televisor, Escarlata O´Hara apareció en pantalla. Déjala nena, pidió mi abuela. Estaba sentada en el sillón, colocándose la peluca. El cáncer la había dejado calva e insomne.

Lo que el viento se llevó y el culo aguantó añadió riéndose.

Mi abuelo Antonio arregló el encuentro para conocerla. La había visto paseando por la calle principal de Melilla, y consiguió que una de sus amigas le hiciera de alcahueta. Señorita, llevaré una flor roja en el ojal. Si es de su agrado, párese. Si no continúe. Aquel fue el recado que recibió. Le apodaban el canario porque era rubio, alto y muy tieso. A partir de ese día se hicieron novios, y pelaron la pava en la reja de la casa de ella.

¿Sabes que estuvimos seis años sin hablarnos? me dijo cuando la protagonista se desmayó para llamar la atención de su amado Ashley. Nunca llegó a contarme el motivo —y sin más explicaciones retomó el relato en el momento en que formalizaron la relación. Ella quería casarse pronto porque él le llevaba diez años.

Viéndola allí sentada, podía imaginarla con veinte kilos menos y una cintura de avispa. La apodaban la china, aunque bien podría haber sido la Garbo. Una multitud de militares la pretendía, pero se enamoró del profesor de dibujo, ese que tuvo tres trabajos para mantener a sus tres hijos en la época de Franco. Aunque, según mi madre, al nacer la cuarta ya estaban mejor. Pues eso, que cuando mi abuelo quiso continuar el noviazgo, Amelia no estaba para esperar.

Entra estaban sentados a ambos lados de la reja. Él obedeció—. Mira se abrió el kimono de seda mostrando su cuerpo lozano—. ¿Ves algún defecto? —él negó con la cabeza—. Ahora sal —ordenó ajustándose la prenda. Ese mismo día le pidió matrimonio.

Hace poco, incapaces de contextualizar, algunos han vilipendiado la película por racista y no sé qué estupideces más, así que me la compré. Cada vez que Escarlata O´Hara aparece en la pantalla, también lo hace mi abuela para contarme de nuevo su historia.

Concha Somovilla

Lo que el viento se llevó

Con muy humildes condimentos en el lebrillo, Rafi preparaba los alcauciles con la exquisitez de las alcachofas de alta cocina. El banderín ondeaba en la lámpara. No sabía si reírse, sentirse orgullosa, llorar o avergonzarse. Esperemos que esto también se lo lleve el viento, pensó saboreando aún el regusto de la madrugada. Anunciaron la película de la noche. Tenía ganas de ver a Escarlata O’Hara desde hacía siglos, pero en Suiza no entendía la película, en Venezuela no la habían puesto, y cuando llegó a España las niñas no la dejaron. Esa noche era la feria del pueblo, y el que le iba a chafar el plan era su marido. A ese no me lo llevo ni engañado, se dijo. Las fiestas de la pedanía consistían en una banda que desafinaba en la plaza, y los vecinos bailando los pajaritos, el pasodoble, y poco más, pero a Juan le encantaba el baile.

Anduvo camelándoselo toda la tarde hasta que le dijo lo que quería: Gloria puede quedarse con la niña un rato, y si tú no te enganchas con los amigos… La película empezaba tarde, pero si ellos no subían a recogerla, la niña estaría encantada de dormir fuera. ¡Coño, tan chica y ya con el desparpajo del padre para un pingoneo!

En la plaza nadie se dio cuenta. Solo los que se quedaban al cuidado. Juan y Rafi desaparecieron con la peque en el carrito, y la otra, la de siete, siguió bailando los pajaritos con sus amigas.

Existían solo dos canales de televisión. No eran años de internet, ni de móviles. Tampoco la belleza se premiada como ahora, previa inscripción. Cuando la música cesó, niños y mayores miraron hacia el escenario. Un desconocido con traje y peluquín interrumpió el baile cogiendo el micrófono: y ahora vamos a nombrar a la reina de la fiesta, anunció.

Más allá de llevárselo el viento, de lo que pasó aquella noche se enteró todo el pueblo.

¿Dónde se han metido los padres? Pero si yo los he visto. Juan estaba en la barra con mi cuñao.

Cuando nació Blanca nueve meses después, se quedó la broma. En un pueblo para el que el séptimo arte solo era el que venía después del sexto, la única razón lógica para perderse la feria era un calentón. Y su hija mayor no perdería la ocasión de recordárselo: para una vez que me cuelgan el banderón, el polvo me lo vuela.

Isabel Cantos

Los músicos de Bremen

¡Ay, me has pinchado! —protestó Mariquilla.

No me extraña. Tu pelo parece un nido de pájaros. ¿Es que no te peinas? — preguntó Chacha María poniéndole la flor.

Al peine ya no le quedan púas.

La anciana se rio a escondidas mientras sacaba una barra de labios del bolsillo del delantal.

¡Qué vergüenza!

¿Y para qué sales? —le espetó poniéndole el mantón de manila.

Quiero juntar para ir al cine.

¡Si no vas guapa el día de la Vera Cruz no te darán ni una perrilla!

Mariquilla salió corriendo hasta la cuesta del Señor y se santiguó. Cuando pasó por la calle meaderos, al taparse la nariz se refregó el carmín.

¡Maldita sea! protestó mientras se limpiaba en los bordes del mantón.

En la plaza se agolpaban las cruces, adornadas con flores de colores. De la horquilla le colgaba lo que quedaba de la rosa.

A la Vera Cruz de mayo que no ha salido en todo el año —le cantó a una mujer acercándole el platito.

¿Dónde está la cruz, niña?

Es aquella de flores rojas y blancas —mintió.

Esa noche, Mariquilla no podía dormir. No había conseguido el dinero suficiente para ir al cine. Papá Joaquín la levantó y la sentó en sus rodillas. Después entrelazó las manos y proyectó sombras de animales sobre la pared, mientras le contaba la historia más bonita que jamás había oído: los músicos de Bremen.

María del Carmen Raigón

Muerte en el Nilo

Era una tarde de domingo, de esas cansinas de invierno en las que lo único que hubiera movido de casa a mi padre era ir al cine. Mi madre le convenció de ver Muerte en el Nilo.

La niña se queda con la abuela dijo ella concluyendo el plan de la tarde.

Yo estaba en esa fase adolescente en la que no quería salir con mis padres un domingo, así que sentarme tranquila con mi abuela no me pareció tan mala idea. Me gustaba escuchar las historias de cuando era joven, y, sobre todo, que me acariciara la cara con esas manos arrugadas y frías que me reconfortaban. Aún ahora, sigue haciéndolo cuando la recuerdo.

Adiós cierre de puerta, abuela. Voy a preparar la merienda.

Sí, hija.

El descafeinado, los sobaos, la cucharita, todo en la bandeja y a la mesa camilla. Calentitas.

Abuela, ¿qué te pasa?

Estaba sentada en su mecedora, como siempre, pero tenía la mirada perdida, la lengua fuera en una extraña mueca, y la cabeza inclinada, como si el cuello no aguantara su peso. Las manos le temblaban, y también las piernas que, con los espasmos, chocaban para separarse de nuevo.

-¡Abuela!¡Abuela!

Me hice adulta en unos segundos. Entonces no había móviles para llamar a tus padres, aunque tampoco pensé en otra cosa que no fuera en marcar el número de urgencias. Transcurrieron unos minutos eternos hasta que empezó a ralentizar sus movimientos, guardó la lengua y me miró con ojos de niña asustada.

Abuela, vamos a la cama ella asintió y se dejó que hacer.

Cuando llegó la ambulancia ya había pasado todo. Posiblemente una trombosis, dijeron. Deja que descanse. Pero yo lo único que me preguntaba era cuánto duraría Muerte en el Nilo.

Estrella García Fernández

Oficial y caballero

Perdón, amor mío. Esta tarde te escribo la última carta. Quizá debí decirte antes cómo me sentía, pero no lo hice. Después de tus dudas, comprendí que no podía compartir mi futuro contigo. Te preguntarás a qué me refiero, aunque sé que en el fondo lo sabes.

Sí, fue aquella vez que regresaste de Barcelona tras aprobar las oposiciones y fuimos a ver a Dyango a la caseta municipal. Dijiste que no sabías si yo era la mujer de tu vida. Que te costaba mantenerte fiel ante las provocaciones de alguna chica que había llegado a pensar que te gustaban los hombres, pero lo hiciste. Esas fueron tus palabras.

Aguanté el tipo hasta que se apagó la luz y Dyango cantó un tema que me emocionó. ¡Cómo me habría gustado contener las lágrimas! Afectado, me ofreciste un pañuelo cuando se encendieron las luces.

Más tarde aproveché la boda de un familiar para ir a Barcelona. Nos divertimos, pero me dio la impresión de que me exhibías ante tus amigos. Supongo que me dieron su aprobación. Eso, o que me echabas de menos, porque estabas como siempre, alegre y con ganas de comerte el mundo. Después fuimos al cine a ver Oficial y caballero.

Pensé que nuestra pareja era más auténtica que la de Richard Gere y Debra Winger, porque ya le hubiera gustado a ella contar con una declaración como la tuya. ¡Siempre la guardaré como un tesoro!

De la historia recuerdo más bien poco: el militar que se enrolla con la chica mientras dura su adiestramiento. Alguna muestra de rebeldía en la que todos le enseñan el trasero a sus superiores, y la tristeza de ella, que sabe que todo terminará pronto. Bueno, y ese final apoteósico, cuando se la lleva en brazos mientras todas aplauden.

Sé que saliste del cine sintiéndote como el protagonista. Sobre todo porque eres un caballero, pero yo nunca me vi como la novia que espera ser rescatada.

Suerte. No te conformes con cualquier mujer.

Virginia Nielfa

Oro en el desierto

Paco puso los ojos en Josefina desde que había llegado a los Mártires.

¿No te has fijado en cómo te mira?

¿Quién?

Aquel —su hermana señaló a Paco con la cabeza.

¡Ah! Ese —exclamó Josefina haciéndose la nueva—. No me interesa.

¡Si sólo le falta el celofán! —exclamó Maruja—. Mira que eres sosa.

Y tú una metomentodo.

No quería reconocerlo, pero le gustaba aquel chico con pinta de galán de cine, bien peinado y bien vestido, por el que todas sus amigas suspiraban. Él no esperó mucho antes de dar el primer paso.

¿Quieres venir el domingo al matiné del principal? Ponen una del Bobestele.

No me dejan.

¿Por el luto?

No. Por la carabina. No me apetece que vengan mis hermanas. Podría decírselo a mi abuela, pero supongo que no es un buen plan.

¿Tú abuela?

Sí. Le gusta el cine. Es un poco seca, pero creo que te caerá bien.

Vale.

Hay otro problema.

¿Cuál?

No tenemos dinero para las entradas.

Eso es cosa mía. A las once y media en la plaza del teatro. No faltéis.

Paco andaba rondando el barrio. Estaba inquieto. No había vuelto a ver a Josefina desde que se despidieron en la puerta de su casa, después del cine. Y de eso ya habían pasado dos días. La encontró en la cola del racionamiento.

Ayer te eché de menos —se apresuró a cogerle la cesta.

Salí con mi abuela a hacer un recado.

Me gustó ir con vosotras al cine. Tu abuela es muy divertida, aunque andaba despistada con la película. No dejaba de preguntarme quienes eran los buenos y quienes los malos.

Era su primera del oeste. Antes de la guerra, cuando vivía con mis padres en Madrid, no veían ninguna de vaqueros porque a mi madre no le gustaban. Le caíste muy bien. Me dijo que eras apuesto y simpático. Yo pienso lo mismo.

¿Puedo acompañarte a casa?

Fran Padilla

Pinocho

La abuela nunca recurrió a un libro de cuentos para que sus hijos, y más tarde sus nietos, conciliaran el sueño. El ritual siempre era el mismo. Sentada en la cama, les cogía las manos, les daba un beso en la frente y permanecía en silencio ante los niños expectantes. El relato nunca defraudaba, y solo se repetía por petición del público.

Los cuentos que más éxito tenían entre sus nietos eran las aventuras de su padre y su tío cuando tenían su edad. El repertorio familiar parecía inagotable. La abuela, que casi nunca inventaba nada, rara vez les dejaba con la duda de si la historia era ficción, o, como decían en el cine, estaba basada en hechos reales.

Aquel fue el caso del cuento de Ana María, a la que, con doce años, dejaron ir al cine por primera vez con sus dos mejores amigas. Con mucho esfuerzo, le regalaron un abriguito rojo para la ocasión.

La voz de la abuela brillaba en el silencio del cuarto.

Sus padres no tenían mucho dinero y eran muy protectores. Ana María era hija única y sacaba las mejores notas de su clase. Temerosos, las acompañaron al cine, les compraron chucherías, y, a regañadientes, las dejaron entrar solas a la sala. La película era Pinocho, y duraba dos horas.

Sentada en la butaca, la niña temblaba de alegría. Se sentía como una princesa. Mientras Gepetto tallaba la marioneta, la pantalla se iluminó de manera inesperada y un pequeño fuego comenzó a arder, provocando el caos en la sala. Las tres niñas salieron corriendo del cine. Tanto, que Ana María olvidó su abriguito rojo dentro. Cuando quiso volver a por él, los acomodadores le cortaron el paso.

La niña lloraba desconsolada. A Pinocho tampoco le había dado tiempo a cobrar vida, ni a hablar con su padre. El niño de madera acabo siendo pasto de las llamas, igual que el abriguito rojo.

La chiquilla que pasó de la alegría al llanto en un instante es mi madre. La persona más generosa y bella que he conocido. Echando la vista atrás, puede que aquello fuera una premonición. Pero a pesar de la experiencia, nunca dejo de ir, ni de llevarnos al cine. No obstante, como en todas las circunstancias de su vida, siempre fue un paso por delante, y antes de sentarse, localizaba las salidas de emergencia.

Francisco Moreno

Regreso al futuro

Cuéntame algo tuyo, mamá, le digo. Alguna anécdota, algún recuerdo. Y que tenga que ver con el cine. ¿Y eso para qué? me pregunta. Para lo mío de escribir. Algo mío… y del cine tiene que ser… dice mientras remueve el guiso de pollo y almendras. Se queda pensando. Ya te diré algo.

Cuando la llamo por teléfono la pillo volviendo de la compra, un poco ahogada. Ha dejado a mi padre con María para despejarse un poco. No se le ocurre nada. Que cuando eran chicos, en verano, el cine lo ponían en un corralón y que tenían 2×1, así que, si algún chiquillo se quedaba suelto, se esperaba en la puerta a que llegara otro, se cogían de la mano y para adentro. ¿Eso sirve?

¿No tienes algo más tuyo? le pregunto. De joven. Una vez, me dice, fui con una amiga a ver Tú a Boston y yo a California. De la película no me acuerdo, pero de la palisa que me dio mi amiga, sí. Cada vez que se reía me daba un palo. Me lo dice así: la palisa, porque ese es el acento de mi madre, el del hogar en el que todos mis asuntos se echan a dormir.

Pero esa historia tampoco es tuya, tuya, le digo. Pues yo que sé, hija. Te dejo, que estoy entrando en el ascensor. Te llamo luego, cariño mío.

Me llama luego, ya de noche, y le pregunto. ¿Y aquel muchacho que te gustaba? El que cantaba tan bien. ¿Fuiste con él al cine? Mi madre se calla, y yo sé que mira a mi padre, sentado en el otro sillón, junto a ella. Viendo la tele sin enterarse de mucho porque ya no sigue bien el hilo.

No. No fuimos al cine, me dice, y cuando calla calculo todas las cosas sobre las que no podré escribir. ¿Me lo invento, mamá? le pregunto pretenciosa. ¿Le echo imaginación?

Ella se ríe. Como quieras, pero a ver qué inventas. Nada, que están echando una de… Manolo Escobar. Que él canturrea todas las canciones bajito, cerca de tu oído. Que a ti no te da vergüenza y cantas un poco también, cogiéndole la mano. Que luego en el portal os besáis, y al despediros, él se queda mirando cómo subes la escalera. Cuando vas por el tercero lo oyes cantar en la calle, y a ti te da la risa, y esa noche apenas duermes. ¿Te gusta lo que invento? Pues claro, me dice, pero a ti no te cambio por nada.

Lo sé, mamá, pero aunque yo no estuviera, aunque me desintegrara despacio como en Regreso al futuro, en todos los pasados posibles habría alguien que te querría tanto como yo. Tanto que apenas pudiera concebir la idea de que no vas a durar siempre, y que tuviera, como yo, que vivir con ese miedo.

Lorena Cabrera

Scherezade

Ella anhelaba la llegada del viernes con inocente impaciencia. Las últimas semanas se habían hecho interminables. Su vida continuó: las tareas de la casa, las reuniones con los amigos y los guateques de fin de semana, pero aquella canción de Alberto Cortés no sonaba igual si no podía compartirla con él.

Su amiga íntima no había dejado de hablarle de él. Era su hermano. Le contaba cosas y ella reía nerviosa. Aquello hacía la espera más llevadera.

Llegó la hora de verlo. Histérica, fue a su casa con la excusa de ayudar a la hermana con la colada y la plancha. Siempre estaba dispuesta a colaborar con ella cuando se trataba de sus uniformes.

Al verlo, su corazón se aceleró, latiendo con la fuerza de un caballo desbocado. Él la saludó y ella se sonrojó, levemente excitada. Estaba más alto, más guapo, más hombre. Sólo tenía dieciséis años, uno más que ella, pero la vida en las cocinas le había hecho crecer muy rápido. Al llamarla por su nombre casi se siente desfallecer. Aquella voz embriagadora le inundó el cuerpo.

La invitó al cine esa misma tarde. La pilló por sorpresa. Pensó que irían solos, pero no fue así. Toda la pandilla se había apuntado. Sin embargo, ella se sintió especial.

El trayecto hasta el Lope de Vega estuvo marcado por las risas y los cruces de miradas cómplices entre ambos. Se sentaron juntos en la sala. La película comenzó: Scherezade. Él la miraba. Ella se sentía la protagonista de una historia de cine. Al salir la apartó del grupo.

Quiero decirte algo —ella lo miró con ojos brillantes, con los nervios de una adolescente enamorada. Con ganas de besarlo—. Quiero que seas la primera en saberlo. Tengo novia. Pero nunca dejarás de tener un lugar en mi corazón. Siempre seremos amigos.

Emilio Rumbado

Sesión continua

Las agujas no paran quietas, dice el abuelo. Siempre están bailando con el tiempo. El reloj del abuelo tiene una esfera enorme y el cristal gastado. Ven aquí. Me subo en sus zapatos y le agarro las manos. Entonces tararea. Esto es un vals, lento como la aguja pequeña, la que marca las horas. Y esto un pasodoble, me agarra de la cintura y me hace girar, rápido como la aguja grande, la de los minutos. No las pierdas de vista. El mundo es tan grande y tenemos tan poco tiempo…

Qué linda sos, dice siempre el abuelo. Sos más linda que la noche porteña. Y se sirve otra copa de vino. ¿Vos sabés qué es la noche porteña? El tango, piola, el tango… y me canta bajito. Eso es la noche porteña: el Luna Park y la orquesta de Armani, y la Xirgu en el Odeón, y Gardel… Las carreras en Palermo y el tango, sobre todo el tango. Y sigue cantando …que al rodar en tu empedrao es un beso prolongao que te da mi corazón. Entonces a quien besa es a mí.

Anda, trae el álbum, dice. Y nos quedamos mucho rato mirando las fotos de cuando vivía en Buenos Aires. Me encantan esas fotos. Siempre que abrimos el álbum el abuelo se queda sin arrugas. Un traje claro. Un sombrero. A veces una gabardina. Algún día tendré un traje igual, y ese sombrero, y la gabardina. Me lo pondré para vivir aventuras con el abuelo. Vestida así seguro que es fácil ser valiente.

Yo pagué medio Casino de Buenos Aires, me dice. Y medio hipódromo también.

Cuando llega a Argentina, el dueño de la zapatería piensa que es un pibe. Que viene a hacer fortuna, como todos. Podés dormir en la trastienda. Y por la guita no tenés que preocuparte, yo te doy para tus gastos. El resto a una cartilla. Así vas juntando plata.

El abuelo se pasa el día vendiendo zapatos hasta que pregunta: ¿cuánto tengo en la cartilla? Después se despide. Fotos y más fotos. El abuelo bebiendo mate, el abuelo en el puerto, el abuelo con chicas vestidas de gauchas… Busca otro trabajo, pero solo cuando la cartilla se vacía.

Medio casino de Buenos Aires lo pagué yo, repite, y medio hipódromo también. Cuando quiere regresar a España tiene que ahorrar para el billete.

No. El abuelo no era como todos. Su vida se me antoja hoy una sesión continua. Esos programas dobles de cine que mi madre descubrió con doce años, en su primer viaje a Madrid.

Cristina Soriano

Simbad y la princesa

––Te vamos a llevar al cine. A ti y a tus hermanos. ¿Qué te parece? ––dijo mi madre mientras se acomodaba un pendiente frente al espejo. Se había puesto un vestido y estaba preciosa. Nunca se los ponía. A mí me había puesto calcetines y zapatos, y me apretaban mucho.

––¿Al cine? ¿Qué es eso? ––pregunté rascándome las piernas.

––¡Uy, te va a encantar! Hay príncipes, princesas, ogros, magos…

Mis ojos se iluminaron. ¡Iba a ver a una princesa de verdad! Aunque no quería encontrarme a ningún ogro. El Bute ya me daba bastante miedo, y por eso nunca me alejaba de casa. Como mucho, me metía en el corral de la vecina con las gallinas, hasta que el gallo me picó las heridas de las piernas y me hizo mucho daño.

––¿Estás lista? ––preguntó mamá, haciendo que me olvidara del gallo.

––Sí.

––Pues venga, coge a tu hermano de la mano, que nos vamos.

Obedecí y cogí a Emilio. Fue la primera y única vez que Emilio pudo ver una película. Poco después el sarampión lo dejó ciego.

Mamá cargó a Miguel sobre su barriga, ya tenía a mi hermana dentro, porque papá había vendido el carro de Emilio para comprar pintura. Bajamos las escaleras. Él estaba abajo.

––¡Mira que eres inútil, María! Llevo media mañana esperando. No sirves para nada. Anda, tira, que se nos llena el cine de gente y no vamos a encontrar sitio.

Cuando íbamos de camino nos cruzamos con la vecina.

––Adiós, Engracia. ¿Cómo está usted? —mi padre se volvió amable de repente––. Nada, aquí vamos con la familia al cine. A echar un ratito que también hace falta… Muy bien, me alegro… Hasta luego.

Por muy enfadado que estuviera en casa, con los vecinos era distinto. Y yo no entendía por qué.

Llegamos al cine, y nada más sentarnos, empezaron a pasar cosas maravillosas en aquella pantalla. ¡Había una princesa tan pequeña que cabía en una jaula de pájaros! De pronto salió un ogro fiero y con un solo ojo. Me asusté mucho.

––¡Mamá, no dejes que me coma! ––dije llorando.

––O la callas o la callo ––papá se lo dijo al oído a mi madre, con los dientes apretados.

––No pasa nada, cariño. Los monstruos no existen ––dijo ella para tranquilizarme.

––¡No quiero verlo! ¡Vámonos! ––grité desconsolada.

Mamá nos cogió de la mano y se levantó.

––Venga, anda, volvamos a casa.

Al llegar, papá se quitó el cinturón.

––Vas a aprender a no hacerme pasar vergüenza —le dijo a mi madre.

Aquella fue la última vez que fui al cine con ellos.

Mayka Gil

Viento del sur

Comienzos de los años 60. Mercedes, Juani y Sacramento, tres niñas de apenas doce años, corren atravesando la plaza de San Francisco para llegar al único cine de Badajoz.

De vez en cuando, las tres iban a un estreno en el López de Ayala. A menudo, Mercedes se encontraba allí a su abuelo Francisco, más contento de lo habitual gracias a los chatos de vino que se tomaba en el bar de la esquina. De la que llevaba encima, ese día el hombre se marchó al terminar el NODO, pensando que ya se había acabado la película. Aquella anécdota siempre hacía reír a las pequeñas.

En aquella ocasión vieron Viento del Sur, y al salir de la sesión infantil, prometieron continuar con la costumbre de ir a los estrenos juntas, por muchos años que pasarán.

Siendo ya adolescentes la tradición continuaba, y a pesar de que, con el tiempo, Sacramento y Juani se fueron de Badajoz por amor, cada vez que se reencontraban iban a ver algún estreno.

Pasaron los años y también la vida. La primera en faltar a su cita fue Juani. Un accidente de coche se la llevó antes de lo esperado. Años después, Sacramento padeció una enfermedad que acabó con ella en meses.

En el funeral de ambas, Mercedes prometió seguir asistiendo a su cita anual con el cine por ellas.

En 2021, Mercedes, avejentada y con el sabor agridulce del recuerdo, se hallaba frente a la puerta del antiguo cine, que aún seguía abierto. Observaba la cartelera tratando de decidir que película vería en memoria de sus amigas, sin saber que, para ella, también sería el último estreno.

Irene L. H.

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